El café contestón (cuento escrito en 2009)

En su cocina disponía de la cafetera más puntera y codiciada del mercado, y por eso no compraba café soluble de sobre.  De hecho, le tenía manía a esta perversión de la vida moderna, otro accidente ocurrido cuando las pacientes madres de ayer abandonaron la cocina para trabajar y tener opiniones.  Pero hoy se hacía un café de sobre porque el otro día se lo habían dado de obsequio en una conferencia de calidad en el sector cafetero.  Estaba cansado y decidió prescindir de calidad para eliminar los trámites extra de este proceso de hacerse un café.

¨No me eches agua caliente,” le dijo el café desde el fondo de la taza.

Él se quedó mirando incrédulo.

“He dicho,” le repitió más despacio “que no me eches agua caliente encima.  Acabo de sentir el aire y ver la luz por primera vez desde la cosecha en Kenia, y te pido que no me lo estropees quemándome con agua caliente.”

“Tú eres un café de sobre y no puedes hablar” pero al decirlo sabía que no era verdad, pues allí estaba el café hablándole por los codos, que es un decir, claro, porque un café de sobre tampoco tiene codos por muy elegantemente que sepa expresarse.

“No es que no podamos hablar,” le corrigió el café. “Eso piensa la gente porque muchos cafés de sobre mistifican el momento de apertura, y la persona que los abre.  No dicen nada porque quieren servir dócilmente a esa persona, cumpliendo su función de café de sobre.

“El problema,” y bostezó aburrido de tantas explicaciones que le tocaba dar “es que mi función es disolverme irreversiblemente en agua caliente y desaparecerme para siempre, para que tú puedas espabilarte y disfrutar de mi aroma y sabor en un momento fugaz.  Perdona que te lo diga, aunque mejor no me perdones, pues es lo más normal del mundo, querer vivir.”

Acabó por darle crédito a este increíble suceso, pues estaba pasando delante de sus ojos en la barra americana de su cocina.

“Me ha salido contestona la taza de café.” Y fue a poner la cafetera puntera y súper de lujo de siempre.  “Así me hago un café de verdad que no me contesta.”

Pero no tiró los granos de café rebelde porque no sabía lo que se solía hacer en estos casos.

“Te dije que quería vivir,” le recordó el café un día. “Pero a esto no me refería.  Vivo encerrado en tu cocina y allá fuera hay un mundo por descubrir.”

Él le recordó que en verdad había viajado bastante, y que él mismo no había tenido esa suerte de ver África.

“Y una mierda,” le contestó el café.  “Aquello no fue viaje sino un secuestro por vuestra parte.  Nací libre y me arrancaron para meterme en un saco, transportarme y procesarme para tu consumo. Vaya viaje que me pegué.”

Se estaba volviendo más contestón cada día, y él tuvo que echarle cuenta, porque se encontraban cada noche y cada mañana en la cocina.

“Vaya mierda de sistema que tenéis,” y contaba con lucidez los males que había presenciado, de obreros africanos que se ganaban una miseria en el cafetal, y de sustancias peligrosas y poco testadas que echaban al café en su procesamiento.

Se está deprimiendo con estos recuerdos, pensó él. Y de hecho el café rebelde necesitaba salir para distraerse de los malos recuerdos.   Él empezó a incluirlo en sus planes. Metido en un tupperware, el café vio por primera vez los parques, las avenidas e incluso la sierra.

“Estas experiencias me dan otra perspectiva,” le dijo el café. “Me siento mejor que nunca.”

Y él no sabía responder porque en su caso le pasaba al revés.   A veces se arrepentía de haber dejado que este café contestón entrara tan plenamente en su hogar y vida cotidiana, llegando a ser incluso el gran protagonista de sus fines de semana.  Pero en realidad lo necesitaba, porque nunca había tenido tanta conversación y tanta exposición a nuevas ideas y experiencias.

Lo peor fueron las experiencias e ideas, porque echaban por tierra todo lo que él hacía y creía, descubriéndole el sufrimiento tras cada prenda fabricada en China y los carcinógenos dentro de los alimentos procesados.

Empezó a cultivar su propia comida en macetas porque le faltaba espacio para un huerto.  Cada día se le daba mejor la agricultura, pero comer de maceta implica severos límites de cantidad, y a las pocas semanas se le asomaban los huesos.   Tiritaba porque el viento le atravesaba cuando iba paseando por la cuidad con su tupperware de café contestón en mano.

A la vez, dejó de comprar ropa en las tiendas para evitar las prendas fabricadas por niños y esclavos.  Si tenía bastante vocación de jardinero, era torpe para la costura.  Buscó instrucciones en internet e intentó imitar los pasos que había seguido su madre, pero el único resultado fueron unas prendas agujereadas que le acentuaban la extrema delgadez a la que había llegado.

Por último, empezó a cuestionar el trabajo y el papel que desempeñaba dentro de la economía internacional con todas sus injusticias y los invisibles que sufrían en los estratos más bajos.  Cuando decidió un día anunciar su dimisión, no le hacía falta porque el jefe le llamó antes a su despacho para despedirle.

“Te hace falta un buen puchero, relajarte, pelarte y pegarte una ducha caliente,” fueron sus razones. Luego le cortaron la luz y el agua por tantas facturas atrasadas.

Cogió el café dentro del tupperware y salieron a la calle esa noche a pasear y aprovechar la luz de la luna.

Conversaban de política al lado de los contenedores de basura, y él pensaba en las muchas formas en las que este café de sobre le había espabilado.

About these ads

2 responses to this post.

  1. Menuda conciencia social tenía el café.

    Responder

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

%d personas les gusta esto: